lunes, 2 de noviembre de 2009

Sobre narrativa

Una mañana se despertó tremendamente asustado. Llegaría tarde al trabajo y se atrazarían todas las diligencias que debía realizar ese día. Debía realizar la visita acostumbrada a sus hijos, pagar los recibos de los servicios públicos que se vencían en la fecha, entregar el informe de fin de mes al jefe, confirmar el desenbolso del préstamo con el que realizaría algunos de sus sueños y también tenía una entrevista para su próximo ascenso. A toda prisa se levantó, fue al baño, escasamente se afeitó y se lavó la cara. En el armario buscó la ropa que estaba más a la mano y a la vez que se vestía fue colocando los documentos que debía llevar a la oficina. No tuvo tiempo de desayunar y sentía que los minutos pasaban a toda prisa, pues observaba cómo la luz se iba colando cada vez con mayor intensidad por los intersticios de su ventana; sin embargo extrañó que el despertador de su celular no repicara cada cinco minutos. Mejor era no mirar la hora, así el tiempo rendiría más. Cuando abrió la puerta de su casa encontró que sólo había una luz blanca resplandeciente que hería sus ojos. Sobresaltado y cubriéndose la vista trató de mirar a la distancia sin observar nada. Decidió mirar el reloj y descubrió que el tiempo no había transcurrido desde la noche anterior. Su tiempo en el reloj no había transcurrido más porque en la tierra ya había terminado, ahora su tiempo era infinito y no había razón para apresurarse.

Fernando Álvarez

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